2015-09-06 · XXIII Domingo
XXIII Domingo Del Tiempo Ordinario
Lecturas: Isaías 35, 4‑7a; Santiago 2, 1‑5; Marcos 7, 31‑37
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
Lecturas: Isaías 35, 4‑7a; Santiago 2, 1‑5; Marcos 7, 31‑37.
1 - Un mensaje – El profeta Isaías pone en nuestros labios una palabra de esperanza para la humanidad enferma y desanimada que ha perdido hasta la fuerza para orar: “Digan a los de corazón temeroso: «Sean fuertes, no tengan miedo. Su Dios vendrá, vendrá con venganza; con retribución divina vendrá a salvarlos”. Con la llegada de Dios, que Cristo también actualiza hoy, ¡todo será posible! También nosotros, tal vez y en alguna medida, estamos con el corazón extraviado porque cansados y decepcionados por una situación desalentadora, sin resultados y perspectivas futuras; con la amargura en el corazón porque nos sentimos incomprendidos y solos a combatir en la vida de cada día.
2 ‑ El sordomudo – La razón profunda del extraviarse del corazón se encuentra en la incapacidad del hombre de escuchar y hablar con Dios, consigo mismo y con los demás. Jesús, sanando al sordomudo, localiza la enfermedad del espíritu humano: el pecado nos vuelve sordos a los llamamientos de conciencia y mudos frente a la realidad que nos interpela. Él vino para restituir a cada persona la capacidad de escuchar a Dios y proclamar con la vida su amor. Nosotros estamos en la misma condición del sordomudo del Evangelio: acerquémonos a nuestro médico celestial: “Lo apartó de la multitud para estar a solas con él, le puso los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Luego, mirando al cielo, suspiró profundamente y le dijo: « ¡Efatá!» (que significa: ¡Ábrete!)”
3 ‑ La liberación – La salvación da libertad interior, ya que nos restituye la totalidad de nuestra capacidad de conocer y amar. Un hombre está verdaderamente libre cuando no sólo está libre de presiones externas, sino también de condicionamientos internos. Si la libertad está enferma por la costumbre del pecado, el hombre de hecho se vuelve sordo a los estímulos de la gracia divina y mudo ante las apelaciones del amor. En estas condiciones, es solamente posible un “diálogo entre sordos”. He aquí, el milagro que necesitamos: un corazón dispuesto a escuchar y abierto a todos.
4 ‑ Un ejemplo – Lo formula en modo eficaz San Santiago: “Supongamos que en el lugar donde se reúnen entra un hombre con anillo de oro y ropa elegante, y entra también un pobre andrajoso.Si atienden bien al que lleva ropa elegante y le dicen: «Siéntese usted aquí, en este lugar cómodo», pero al pobre le dicen: «Quédate ahí de pie» o «Siéntate en el suelo, a mis pies»,¿acaso no hacen discriminación entre ustedes, juzgando con malas intenciones?”. Sordos y mudos, pues, al grito de los pobres, de los pequeños, de los inocentes, de los indefensos, de los perseguidos, de los que sufren, de los marginados.
5 ‑ Las varias fases – Aquí están: a) abrir nuestros corazones con humildad y confianza al diálogo con Dios, preocupándonos de escucharlo más que de hablarle; b) También en el diálogo con los demás iniciemos escuchando y acogiendo; c) infundamos confianza con nuestra serenidad y dulzura; d) no digamos muchas palabras, no tengamos prisa, no impongamos nada; e) trabajemos con el Señor.