Santuario della Madonnetta

2013-03-03 · Tercer Domingo

Tercer Domingo de Cuaresma

Lecturas: Exodo 3,1‑8.13‑15; Corintios 10,10‑12; Lucas 13,1‑9

Si no se convierten, todos pereceràn del mismo modo

Lecturas: Exodo 3,1‑8.13‑15; Corintios 10,10‑12; Lucas 13,1‑9.

1 – El zarzal ardiente – La Cuaresma nos lleva, como a Moisès, a un paso de Dios. En nuestra conciencia o en nuestro corazòn, que se han vuelto nuestro zarzal ardiente, estamos siempre cara a cara con la santidad divina del Padre, del Hijo y del Espìritu Santo. Como Moisès, tambièn nosotros nos sentimos muy pequeñitos delante a “Yo-soy-el-que-soy”; pero al mismo tiempo estamos conmovidos y vencidos por tanta bondad de parte de El que se inclina sobre nosotros: “ Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estàs es tierra sagrada”. Esta tierra sagrada es nuestro propio corazòn, donde Dios se complace en habitar para siempre como en su templo santo. Tomemos entonces conciencia de que el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones para transformarnos en algo divinamente santo. Este amor, como el zarzal ardiente, quema sin apagarse nunca .

2 ‑ La conversiòn – El tèrmino equivalente griego es ‘metanoia’, que literalmente significa un cambio de vida tan radical, que no puede ser concebido por mente humana. Este proceso de conversiòn –segùn San Agustìn- incluye cuatro fases fundamentales: desprendernos de las criaturas, entrar dentro nuestro, salir de nosotros, volvernos a Dios: “Vuelve en tì, pero no te quedes allì, mas vuelvete hacia arriba. Devuelve tu ser a Aquel que te ha creado y redimido, despuès de que le has dado la espalda. Vuelve en tì y marcha hacia El” (San Agustìn, Sermòn 330,3). Tengo que entrar en mi ser para transformarme en un hombre autèntico, tengo que dirigirme a Dios para transformarme lo màs posible en El. Efectivamente, el nombre cristiano quiere decir Cristo: “Gozemos y agradezcamos a Dios, no solo porque nos hemos convertido en cristianos sino que en el mismo Cristo. Entienden, hermanos? Asombrense y gocen: nos hemos transformado en Cristo!” (San Agustìn, comentario Evangelio de Juan 21,8). La conversiòn es en realidad llegar a ser como Jesùs. El verdadero problema està aqui mismo: ser capaces de cambiar las mentes y los corazones. Ciertas cosas no las haremos jamàs porque ni siquiera podemos imaginarlas. Por lo tanto, el cristianismo insiste, con razòn, en la conversiòn interna de la mente y del corazòn, como hecho prejudicial para un verdadero cambio del comportamiento humano y de las condiciones de vida en el mundo. No son suficientes las “reformas estructurales” y, mucho menos, la pena de muerte para resolver las situaciones negativas. Tenemos que cambiar el hombre desde adentro!

3 -¿Dònde ir? – La conversiòn no se concluye eliminando los defectos, sino màs bien en un cambio de direcciòn para dar pleno sentido a la vida o, al menos, en una aceleraciòn del camino, en la intensificaciòn del empeño. Las consecuencias desoladoras del mal, como la droga, el terrorismo, la corrupciòn y el crìmen organizado, son el precio salado que paga toda la comunidad por evitar este tema. Se dirìa que la conversiòn evangèlica, antes que el corazòn, toca de cerca nuestra salud y nuestros bolsillos…

4 ‑ ¿Què hacer? – Mientras tanto, no pensemos màs que ya no hay nada que hacer y que la culpa es de los demàs. Un pequeñisimo gesto mio puede significar vida nueva para el mundo. Por lo tanto, cada uno tiene que dar el primer paso para desbloquear una situaciòn: es decir teniendo confianza en los demàs, y màs aùn en nosotros mismos! El primer paso: saludar de nuevo a una determinada persona, de restablecer relaciones en el propio entorno, de mirar dentro el propio corazòn, de decidirse a hacer una confesiòn general…

5 – Dar frutos – La breve paràbola de la higuera aclara el resultado de la conversiòn: nuestra vida dà frutos buenos para todos. Estos son algunos de los objetivos: pasar del egoismo al amor, pasar de una concepciòn materialistica e instintiva de la vida a una màs consciente, libre y responsable; dar una verdadera razòn de vida a nuestros dìas, en una perspectiva de eternidad y universalidad.